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Por eso… quémate en el fuego fatuo, báñate en el verde lugar, pero vuelve pronto a casa

Escrito por Stephan Hosie Echeverri | Jul 8, 2026 5:13:27 PM

Apenas el avión empezó a bajar por entre las nubes, comencé a sentir la ansiedad del viaje, acumularse en mi garganta. La sentí en mi estómago, que no había asimilado bien la comida del avión y venía con hambre de comida de verdad, de comida auténtica; de comida andina con sabor a fresco y tierra; de comida de mi casa. La sentía en los pies que querían ya bajarse y salir corriendo hacia los cerros; en mi espalda que ya no podía más con la incomodidad tan insoportable de aquella silla de avión, que año tras año se han vuelto cada vez peor.

En un vuelo de quiénsabecuantas horas, que sumaban apenas una fracción de lo que había sido un travesía interminable para volver finalmente a Bogotá, aquellos últimos minutos se hacían interminables.

Llevaba ocho años por fuera, en un viaje que empezó como una condena, algo que no buscaba y que me lanzó lejos, a conocer lugares y facetas de mí mismo que no esperaba jamás llegar a ver. Pasó a ser una oportunidad de aprender, la curiosidad de un niño ingenuo que lo empuja a explorar más allá de las cinco cuadras que frecuenta con su madre. Que luego se convirtió en un deambular por la vida, gozoso de las maravillas de lo que es ser uno mismo y descubrir finalmente que el mundo se extiende lejos, lleno de rostros que sonríen de vuelta, y parajes desolados como los que imprimen las carátulas de revistas extranjeras.

Así fueron pasando los años, y en un momento determinado te das media vuelta y te enfrentas a tí mismo en un monólogo imperceptible de dolorosa autoconciencia, y te das cuentas que estás allá, lejos de todo y te preguntas: “¿Qué carajos vine yo a hacer aquí?, ¿A dónde vine a parar?”

Cuando eso me ocurrió a mí, yo estaba en la costa norte de Islandia al atardecer en medio de un ventarrón violento y del frío, buscando la aurora en una noche terriblemente nublada del final de la primavera ártica.

Habíamos ido allí en una excursión universitaria, para la maestría en urbanismo que estábamos haciendo todos en Holanda. La excursión consistía en hacer una serie de visitas en campo, y estudiar in situ los fenómenos de migración poblacional, el deterioro de las comunidades que ha estado sufriendo la isla en las últimas décadas, y el monumental esfuerzo que han estado haciendo por reforestar la isla. Pero muy rápidamente nos dimos cuenta que la salida no estaba bien organizada por parte del grupo de docentes y profesores que nos estaban acompañando en el viaje.

Después de dos o tres días de estar esperando de pie en pequeñas recepciones, el universidad de Reikiavik en medio de las vacaciones, en las oficinas del centro forestal del gobierno islandes y de sentarnos a llevar conversatorios improvisados en salones prestados para matar el tiempo, yo y otros siete amigos, decidimos alquilar una van e irnos a recorrer la isla y probar suerte en la carretera.

Aquella primera noche, ya después de haber reservado los Airbnbs en los que nos íbamos a alojar en los siguientes cinco días, de haber comprado algunas provisiones para el camino y de haber manejado un primer tramo de carretera de masomenos cuatro o cinco horas, decidimos desviarnos de la carretera principal y seguir lo que más pudiéramos hacia el norte, para aumentar nuestras posibilidades de ver la aurora boreal.

No teníamos ni plan ni mapa. No teníamos ningún destino ni nadie que nos esperara al final del paseo. A medida que íbamos avanzando por la carretera, íbamos tomando decisiones de dónde parar, cuándo descansar y por dónde seguir. Veníamos con hambre en los ojos, teníamos ganas de perder el tiempo como se nos diera la gana, queríamos ver el mundo y sentirlo bajo nuestros pies.

Paramos al borde de un acantilado donde la carretera parecía voltear otra vez hacia el interior, desde donde no se veía nada más que mar y nubes. A pesar de haber sido algo totalmente improvisado, nos encontrábamos felices y celebrábamos el éxito de nuestra huida. Con té caliente que llevábamos en nuestros termos, bailando al son del equipo de sonido de la van y compartiendo mantas, guantes y gorros.

Por un segundo, nos sentimos libres, en aquel fugaz acto de rebeldía nos sentimos protagonistas de nuestra propia película, fuimos Telma, fuimos Louise, fuimos fugitivos de la vida y nos olvidamos del tiempo y del calendario. Nos atrevimos a decidir por nosotros mismos.

Y en aquella parafernalia, de entre el aquelarre de brujas danzantes que debíamos parecer en la distancia, me separé un segundo y voltee a mirar hacia el negro infinito del mar, como queriendo reconocer dónde se acababa el mundo. Pero de entre el asombro que me generaba el vacío negro del océano y la sensación eléctrica, de estática muerta, que sentía en mi boca por el viento salado que soplaba, sólo pude reconocer una nostalgia muy nítida por mi casa.

No quiero que me malentiendan, la experiencia fue única y ninguno de nosotros podía creerse nada de lo que estábamos presenciando a través de las ventanas de la van. Creo que ninguno de nosotros salió de su asombro ni por un segundo. No lográbamos conciliar el contraste absurdo entre aquellos paisajes hermosos de perspectivas que parecían infinitas y que remataban en picos nevados que se sentían nítidos e inmediatos. El ver una belleza tan auténtica, tan innegable, y aún así, ver una infinidad de casas abandonadas desperdigadas por los valles desolados. Como huellas y sombras de gente que habría abandonado aquella belleza surreal por la promesa de hacer parte del mundo civilizado.

Creo que fue una de aquellas experiencias que nos marcó para siempre, nos cautivó, nos enamoró y la soledad en la que nos veíamos inmersos nos dió una oportunidad para acercarnos y volvernos amigos. Éramos una pequeña isla de calidez, flotando en un mar congelado y olvidado.

Fue una experiencia única que llevaremos por siempre en nuestra memoria. Pero creo que hubo algo dentro de mí que, en aquel momento en el acantilado, en el que parecíamos aislados del resto del mundo, que se reconoció a sí misma.

No se si fueran acaso todos los años que ya llevaba lejos de mi hogar, de mi gente y de mi país, si fuese la soledad tan abrumadora que viene con migrar, o si la certeza de ir a perderme mucho momentos como aquel con la gente a la que he querido, que pude reconocerme en un momento de euforia y felicidad, de vernos en comunidad todos bailando, de sentirme como no me había sentido ya en tantos años, que no pude sino preguntarme por mi hogar.

Me pregunté por cómo era que había llegado tan lejos; cómo era que estaba ahora ahí parado, por lo extraño que era ser algo y no ser nada. Qué sería de mi madre, mi padre, mis amigos, mis ex novias, las calles que recorrí, la ciudad que me había visto crecer, las calles por donde solía caminar, lo que fui, lo que me gustaba y lo que no, y por un instante, me perdí en mi melancolía.

Me reconocí a mí mismo como alguien distinto a quien había iniciado el viaje hacía 4 años, alguien con sueños diferentes, aspiraciones nuevas y un sinfín de anécdotas del vivir sólo, del sufrir la independencia y tener que salir adelante por mis propios medios, y quise poder compartir con los míos todo lo que hasta aquel momento había vivido.

Pasarían otros cuatro años más antes de que volviera definitivamente a Colombia.

Durante ese tiempo seguiría viajando y paseando por Europa, atendería un Bar mientras terminaba mi Maestría, y trabajaría en una prestigiosa firma de paisajismo y diseño urbano durante un año y medio; tendría una relación feliz y larga y nos mudaríamos juntos.

Pero en aquel instante en el acantilado, mirando hacia donde se desborda el océano y el mundo se acaba en un horizonte sin más, tomé la decisión de regresar a mi casa, queriendo reencontrarme con todo y todos aquellos que se seguían en Bogotá. Volver y contarles a todos lo que había vivido, lo que había experimentado en todos esos años de travesía; contarles de mis noches de invierno sin calefacción y de mis noches de sol radiante en verano. Contarles de aquellos amores fugaces que no fueron, de los que me dejaron plantado en una estación de metro a las dos de la mañana; de las aventuras y desventuras en las que me vi envuelto, y de cómo me desenvolví.

No podía esperar a poder presentarles en quién me había convertido, y que vieran la persona que volvía después de tanto tiempo de estar lejos. En aquel momento, no veía la hora en que el avión aterrizara.